"Leopoldo era un escritor minucioso, implacable consigo mismo. A partir de los diecisiete años había concedido todo su tiempo a las letras. Durante todo el día su pensamiento estaba fijo en la literatura. Su mente trabajaba con intensidad y nunca se dejó vencer por el sueño antes de las diez y media. Leopoldo adolecía, sin embargo, de un defecto: no le gustaba escribir. Leía, tomaba notas, asistía a ciclos de conferencias, criticaba acerbamente el deplorable castellano que se emplea en los periódicos, resolvía arduos crucigramas como ejercicio (o como descanso) mental (...). Pensaba, hablaba y comía como escritor; pero era presa de un profundo terror cuando se trataba de tomar la pluma. A pesar de que su más firme ilusión consistía en llegar a ser un escritor famoso, fue postergando el momento de lograrlo con las excusas clásicas, a saber: primero hay que vivir, antes se necesita haberlo leído todo, Cervantes escribió El Quijote a una edad avanzada, sin experiencias no hay artista, y otras por el estilo..."

Augusto Monterroso, "Leopoldo (sus trabajos)", en Obras completas (y otros cuentos)