"Todas las historias que he escrito son autobiográficas. Ninguna es una confesión. El mal lector siempre quiere saber, al instante, qué pasó realmente. En el peor de los casos, provisto de un par de esposas de plástico, se acerca a mí para arrebatarme el mensaje, vivo o muerto. Quieren la última palabra. El qué quería decir el poeta quieren arrebatarme.

A veces, están dispuestos a conformarse con la historia que hay detrás del relato. Quieren los chismorreos. Quieren husmear. El mal lector me exige que le desmenuce el libro que he escrito, que con mis propias manos tire mis uvas a la basura y le dé solo las pepitas.

Aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito se equivoca: conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector.

El espacio que el buen lector prefiere labrar durante la lectura de una obra literaria es el que está entre lo escrito y tú mismo. En vez de preguntar: Cuando Dovstoievsky era estudiante, ¿de verdad asesinó y robó a ancianas viudas?, prueba tú, lector, a ponerte en el lugar de Raskolnikov para sentir en tus carnes el terror, la desesperación y la perniciosa miseria mezclada con arrogancia napoleónica, el delirio de grandeza, la fiebre del hambre, la soledad, el deseo, el cansancio y la añoranza de la muerte, para hacer una comparación (cuyo resultado se mantendrá en secreto) no entre el personaje del relato y los distintos escándalos en la vida del escritor, sino entre el personaje del relato y tu yo secreto, peligroso, desdichado, loco y criminal, esa terrible criatura que encierras siempre en lo más profundo de tu mazmorramás oscura para que nadie pueda adivinar jamás la esencia de tu existencia, ni tus padres, ni tus seres queridos, no sea que se aparten de ti con espanto igual que se huye ante un monstruo".

 

Amos Oz, Una historia de amor y oscuridad, cap. 5