Ésta es la madrugada

de las vacas que pastan

la niebla del silencio,

del sueño diminuto

que oculta el dedo índice

bajo enaguas de luna.

Ésta es la hora tibia

en que las jacas

mascan jazmines

y cada observatorio exprime su galaxia,

la hora de la doncella erguida entre ciclones,

de la gran hechicera,

de la blanca exorcista,

de la quieta nostalgia

que ocupa a mi ballesta,

por el amor armada,

por el dolor en vela,

por el tenso temblor

de los violines muda.

Y el milagro alzará

rutas desconocidas,

y olvidará el deseo

sus circuitos amargos,

y abrirá el corazón

sus alamedas.