Los motivos por los que te escribo los conoces mejor que yo.

Porque quizá no existas (como dicta una mente sensata); acaso porque (como propone la razón) yo te he creado, eres mi mejor medida: mi razón y mi molde.

Ante el mundo, sería mejor ignorarte; susurrarte en el secreto que tanto amas; hablarte a escondidas, en esa hora de la tarde que está creada para ti: la hora en la que el mundo, una vez más, nos niega a todos, y me aguardas en la penumbra.

Todo lo que te diga es palabra vana. Porque habitas mi sombra, la conoces mejor que nadie: sin duda, mejor que yo.

Tú conoces mis laberintos; tú sabes de mis pasiones más ocultas, de mis bajos instintos, de mis traiciones y mis vilezas, tanto como de mis dones y virtudes.

¿Qué te puedo decir de mi dolor, a Ti, que cuando el sol comienza a lamer la fachada neogótica, ya guardas en tu pecho los dolores enteros de la Humanidad hechos un ovillo, para convertirlos, un día más, en tu corazón?

¿Qué te puedo decir a Ti, la única que no llora por mis excesos, sino por las causas que me arrojan a ellos? La única que no sufre por mí, sino conmigo. La única que no me pide otra cosa que estar juntos.

¿Qué te puedo decir de mi amargura, si mientras yo vivo la risa, tú te quedas a solas con mis infiernos?

Tendría que negarte. Tendría que convencerme de que no te necesito, que eres Tú la que me esclavizas, la que me arrojas a una mente débil y conformista, cobarde y entregada; debería huir lo más lejos posible de tu sombra; renegar de tus pupilas, de tu cuello inclinado para escucharme, de tus brazos ávidos por aferrarse al mío la noche entera de mi alma.

Cuanto más corriera, más me mentiría; cuanto más negara haberte conocido, más llamarías a mi puerta; cuanto más lejos huyera, más cálido sería tu regazo.

Madre: no tengo nada que decirte.

Por eso te escribo.