Buscaba tu rostro, y tu mano lo impedía: qué pie o qué pánico trazaba la ruta

(los reyes se alzaban sobre Ti, pisoteaban tu cabeza, reían tu nombre diciéndolo suyo).

Y vi mi corazón tan sólo músculo, mi corazón sólo músculo y sangre y carne abierta, buscando dedos para dártelo, laudes para el olvido (laudes del rumor, de la pisada).

La memoria, mi mano sin mano, el jaguar de mi ingle, todo dormía diciéndote mis horas, diciéndome el camino, suplicándote que no volvieras el rostro.

Ahora, a tus espaldas, sé dónde te miro.