AL ALBA DE NAVIDAD (Estampa sin fecha)

“Un sol que no calienta”
Rocío Cortés.
Tan altos muros para tan notoria pequeñez... El aguamanil de loza sueña su agua, y su dueña, detenida en su lecho, adormece el sentido en la contemplación de un ensueño sin peso ni forma, con las manos blanquísimas cruzadas sobre las rodillas.
Tan altos muros... Por ellos, lejos alientan el mundo y su locura. Ellos te protegen de todo enemigo; de ti misma, pobre muchacha pecadora, pobre criatura débil, que persevera en reconocerse la más mezquina de los mortales. Cuántas veces anhelas como tu signo el cilicio de las flagelantes, mas se te figura que ni toda tu sangre derramada conseguiría en ti el vacío de la pureza, profesa que vinieras tras de estos muros en busca de un alma limpia.
Tan altos muros... Feliz más que nunca esta separación del siglo, ahora, que la madre superiora ha prohibido taxativamente a la hermana portera dar conversación a quienes acudan al torno, para evitar filtración de noticia alguna. Ya se bastan para eso las sirenas, el vocerío en las calles de día y de noche, el olor a chamusquina que ingresa por los patios enmohecidos, producto de los incendios cercanos.... Hace ya varios días que ni una sola campana repica en la ciudad.
Esta noche, fue la Misa del Gallo. Resultó casi milagro encontrar al sacerdote, llegado por ruego de un discreto intermediario. Su rostro era próximo al de un cadáver: la piel se veía convertida en leve capa de ceniza sobre la contundencia del hueso, y una caída diadema morada sostenía apenas la cuenca de los ojos, perdidos, anonadados, casi imbéciles.
Se forzó el ritual de la alegría. Se cantaron las coplas propias de la jornada. Se besó el pie al Divino Infante, en una capilla adornada hasta el último rincón, olorosa de romero y laurel engarzado en yedras, entre el arrebol del incienso. En el refectorio, compitieron, como cada año, los aromas del ajonjolí, de la matalaúva, del anís, de los dulces recién hechos. Y, como cada año, tú, pobre profesa, buscaste la palabra del Dios Niño en el relente de la madrugada, y dejaste mojar tus pupilas por el rocío invisible que destilan las estrellas la noche de la Natividad.

Ha amanecido un día limpio, claro, ancho en la dimensión de un sol que no calienta. Tan altos muros, tan dulce luz... ¿A quién podré temer, sino a mí misma, indigna y sorda a los requiebros del Niño?
Acaricias tu devocionario. Un rayo de sol diluye las paredes en una pacífica irrealidad. El olor de la ceniza, tan insoportable estos días, te parece ahora un recuerdo lejano, más aún, un mal sueño. Nada hay real fuera esto: Nada sino Dios, repites en oración, asiéndote a cada palabra, a cada sílaba, a cada giro del sonido.
Es probable, pues así te encontrabas, que no oyeras las acometidas contra las puertas de la capilla; el estrépito estremecedor que produjo su derrumbe contra las bancadas, progresivamente aumentado por el de pisadas, gritos indefinidos, confusas proclamas, objetos cayendo desde las alturas y destrozándose en pedazos al llegar al suelo...
Aquella lágrima fue la señal de que, finalmente, acabaste por oír: no tenías más remedio que aceptar tan rotunda invasión de la huerta de tu paz. Los gritos de tus hermanas se unían, conmovidos y rotos, a los aullidos recién llegados, estos firmes, salvajes, contundentes.
Así te encontraron: asida al devocionario, con la mirada perdida y la escasa cabellera caída sobre los hombros del blanco hábito. A empellones, te hicieron salir de tu celda, y unirte a las hermanas. Se os encerró a todas en la de la superiora, y, allí... Allí, mejor pensar que sólo vivisteis la parálisis de quien ve invadidos los cuatro puntos cardinales de su existencia.
Si fueron horas, ¿cuántas fueron? El final de la espera vino marcado por el claxon de un vehículo que todas reconocisteis de inmediato aparcado dentro de la capilla. Hasta ella os empujaron, obligándoos a contemplar su ruina, arrodilladas y en fila, desde el lado del evangelio.
Y tú sonreías por fin, pobre muchacha pecadora. Sonreías cuando, en una maniobra torpe, las ruedas de aquella fúnebre máquina buscaron reacomodo, y toparon con un bulto de barro tirado sobre los mármoles sucios.
Decid, sabios de la tierra, por qué seguía sonriendo esta novicia tras ver atropellado, masacrado en pedazos irreconciliables, a su Divino Infante.
Málaga, Nochebuena de 2006
Almu dijo
Te quiero.
31 Diciembre 2006 | 07:12