No se lo toméis a mal al chaval que, allá por 2002, cuando creía que la verdad se llamaba Vanguardia, profanó (¿u honró?) el nombre de Granada de la forma que sigue:
EL PASEO POR GRANADA
UNO
La única vía hábil fue el templo: gallinas desplumadas colgaban del quicio de la puerta y, al fondo, sobre un antiguo mueble, el incienso ardía en holocausto dulce, llamando a la puerta de no sé qué región imposible. Cuerpos, llagas, amores y torturas se confundían en el canto de unas monjas. Volví a casa.
Por el camino, taxistas (posiblemente neoyorquinos emigrados) tanteaban los huevos de mosca de mis ojeras, el moho incipiente de las plumas que, hace semanas, habían crecido desbordadas en torno a mi sexo.
Pensaba en ser novicio o maricona, donjuán o torero, toro o embestida. Mis dedos se demoraban por cada esquina, por cada cosa. Surgieron los carteles, los dromedarios, lo psicotrópico de la rutina. Cantaban las monjas, ME CANTABAN,
alucinado, oda, borracho, demagogo y delincuente, funcionario de locos, carcelero de mis guardianes y prisionero de la baba caliente de los dioses y los aventureros, qué cosas, STOP, PROHIBIDO HACER FUEGO, CAMBIO DE SENTIDO, la Tierra temblaba bajo mi paso, enferma de metropolitanos; me raptó un superhéroe.
Jamás, jamás volveré a casa, hasta que caí en la cuenta, claro, de que tenía que plancharme las camisas.
DOS
La Biblia agonizaba a borbotones, sangre en la que beben los cuervos, sobre las huellas que marcan los tanques. La mañana era fría. El cuerpo estaba inerte. La jaqueca taladraba lo destripado.
Lo confieso: no esperaba encontrarme en Bib-Rambla, a estas alturas de mil novecientos noventa y dos, con una señorita cargada de visón y pluma de pavo real. Tampoco esperaba tener que abrir las alcantarillas para esconder el laurel que acumulan los niños entre los dedos de los pies.
Había vuelto a la calle, por cierto, tras comer con todas las mujeres de mi familia y matar idiotas desde la ventana, tomando Bailey´s. Había vuelto a la calle, a pesar de ser la hora de la siesta y marcar el pavimento caminos de oficina o de cama.
Sonaron campanas: las aves estaban cada vez más frías e impasibles – muertas—en el quicio.
Pero ya no cantaban las monjas. Eso me inquietó, como a algunos les inquieta la asimetría o los hombres sin cuello. Como en La Corredera de Córdoba venden cabezas de escritores. Yo, por mi parte, vendí mi inquietud a la primera mujer que me leyó la malaventura.
¡Taxi, taxi!
“ Cantaban las mujeres...”
TRES

"¡El Toqui, El Toqui!", gritaban de Arauco en la región; "¡Salvador, Salvador!", cantaba el almuédano de Santa Ana; "¡ Salvador, Salvador!"; y, a cada grito, los niños se despeñaban desde lo más alto de la sierra. Visión o ensueño, decidí, así pues, contemplar. Fui al depósito de cadáveres y allí me quedé.
Me abrieron. Me vi. Me llenaron de vísceras de gallinas.
Luego retorné al ruedo, más tranquilo.
(Abro una reflexión, quizá producida por la visión de una fuente o un automóvil al tronar sobre el pavimento: ¿qué es el pasado?
No es lo que fue, sino lo que no se toca y construye también el presente, frente al futuro, que es lo que lo niega, me dijo un ciego recostado sobre pilares por Gran Vía de Colón.
Cierro reflexión).
Toca hablar de cómo, finalmente, me atropelló un taxi.

Como todos los finales, tenía que tenr su dramatización... Ecos en la acera.