A estas alturas de octubre y del Mediterráneo, la tarde-noche y el rasto de la lluvia pueden resultar una peligrosa combinación. Noche ya,sí, por calle Granada. Un túnel de escaparates y recuerdos que no acaban de cobrar forma: personas a las que no se desea ver; personas a las que, de quererlas, daría miedo encontrárselas a la vuelta de la esquina.
¿Han detenido el tiempo? Quizá, es más bien mi respiración, que transcurre en un lugar que no soy yo, que está lejos de mí, o acaso tan sólo a mi espalda...
Sueños rotos; espadachines retirados. Frente a los Mártires (Dios aprieta, pero no ahoga), Aparicio ofrece dulces para la amargura, pero no debes: quizá esto sea, en serio, una gastroenteritis (o como se escriba).
Discos apilados en Candilejas como estaciones de metro en las que uno no bajó; libros en las estanterías de Prometeo como los labios que no se besaron,como ideas que no ardieron en la mente ("Mi mente ya no quema palomas", escribía Pizarnik); en la librería de ocasión, polvo sobre el papel amarillento, es decir, sobre el ánimo, humedecido por el primer vaho de la noche: noche de tarde llovida.
El sábado, Jesús se casa. Cada vez tengo más claro que en las Penas habrá gestora. Quién es Dios, quiénes son ellos, quién soy yo...
Espejo de príncipes rebeldes, se llama mi nuevo poemario. Su autor, Juan Cobos Wilkins, y su poema primero reza así:
"No serviré,
dijiste.
Y la luz
más misteriosa, la más bella,
se llamó ya tiniebla.
No serviré,
dijiste.
Y comenzó la vida".
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