
Y era aquí donde comenzaba el día, en esta boca de metro Viveros- orilla derecha- que se encogía ante la salmodia de las mujeres voceando su periódico (¿cómo se llamaba?). Fueron tantas las mañanas y, sin embargo, ahora, todas se aparecen resumidas en una de gris en el cielo y molicie en la voluntad, como si la ciudad entera se hubiera constreñido en una bola de inercia, contenida, enfrenada por las sienes.
¿Desde dónde llegabas? ¿Fue real aquella casa que transigió en aceptarte (padre sabrá por qué) regida por la Orden de…? En fin, su nombre es lo de menos: ya no importa. Importa sólo, en todo caso, este extraño regusto satisfecho de haber sido tentado pieza para su engranaje, su método sutil, su calculada resistencia a un mundo ajeno que, sin embargo, era contemplado con la calma de quien se sonríe su dueño inminente (o, quién sabe, ya su propietario).
Aquí comenzaba el día, y no sólo: por la boca de metro Viveros-orilla derecha-, con sólo verla o pensarla, se entraba en la vida. Sé lo que me digo: la vida como te enseñaron que debía, que podía ser vivida (¿y quién lo hizo, si tú y los tuyos tantas veces aceptasteis poses de muerto para seguir vivos?).
El café ambulante; los extraños caramelos (ya los conocías: Aleida, por supuesto), los cacahuates; quimeras como cinturas; tráfico rodado a pulso de vena caliente, mofándose de la puritana pulcritud del benemérito jardín; la vida, sí, como te enseñaron a soñarla, más allá de las respiraciones fingidas tras los muros de aquella casa en la que, no obstante, viviste, sin que (repitámoslo de nuevo) te arrepientas necesariamente del experimento (no en vano, tú siempre tan retorcido, tan correcto, tan hombre y católico al fin).
Metro Viveros: el escenario de tu tributo al mal de Moctezuma; apenas un vahído, súbita oscuridad y, al momento, en pie, pero con todos los huesos como apaleados. “¿Pero qué diablos…?”. Era evidente: te habías desmayado, aunque no vieras la caída.
Metro Viveros. Cómo olvidar (¿por qué se te quedó grabado?) aquellos amantes acariciándose lento en la taquilla, empezada ya la noche (ya recelarán en la Casa), de vuelta de descubrir el Zócalo, el centro, “Sambord´s”, los bazares repletos de impecable chatarrería (¿fue aquel día en el que abrieron los telediarios con disturbios en Tepito?).
Una estación para la vida; una jaula para su simulacro; en medio, él, tú, yo.
Ahora que comienza de nuevo la memoria, mejor no preguntes por qué escoge este punto de partida.

Avenida de la Universidad-Viveros de Coyoacán, Ciudad de México (SMH, 2003)
El mejor medio de transporte. Que paradoja que donde mas se nota que la vida fluye de una manera casi estresante sea debajo de tierra, lugar donde, cuando nos llegue el momento, descansaremos eternamente...
¡Cómo pasa el tiempo! ¡Ya más de tres años de la etapa hispanoamericana!
Nota: ver comentario al 19 sepbre.
Cómo añorar lo que nunca conocimos...