
"No queda sino tiempo, Victoria Atencia; tiempo. No queda tiempo. Queda todo el tiempo" (1).
Un solo tiempo y una sola palabra. Superación de las dualidades, en tanto cara y cruz, anverso y reverso, contingencia y trascendencia, se reconocen como unidad al abrazarse.
En ese sentido, qué lejos de los momentos más mezquinos de las pugnas entre “cotidianos” y “culturalistas”, “escapismo” y “compromiso”, “experiencia” y “diferencia” ( cuántas etiquetas para lo que no las admite) se encuentra nuestra voz, a la que no le duelen prendas en fechar la jornada de la lúcida profecía (de nuevo, San Juan, Rilke, la multitud silente):
"Esta cuenta es distinta. Llegaremos a cero y, sobre esta carencia, plenitud será vida. Si esto de que doy fe a día 3 de mayo no es cuanto me sostiene, venga Dios y me valga".
Llegados a este punto, no faltará quien crea entrever en María Victoria refinamiento alienante. Quien hurgue en filiaciones políticas. Quien la considere desentendida del llanto, del hombre “concreto”, ajeno al vuelo no por acto de voluntad, sino por cadenas de las que ignora el eslabón por el que romperlas. Acaso se aduzca que nuestra condición de ciudadanos del siglo es el naufragio.
Quizá sea así.
Quizá nunca antes (decimos “nunca antes”, y es nunca siempre) bebimos como ahora del agua del laberinto. Quizá nunca antes vivimos tan en clave de fiebre la espiral de la sangre, exasperada de sí misma, ni dolieron tanto los clavos en las manos y las agujas en el pecho, ciegos y a tientas por el atrio sin fin.
Sin embargo, allí donde la sangre, una en su tráfago, brota el agua. Cuando todo está cumplido, el centurión aguijona su caballo, y la lanza empapa su mordisco en sangre... y en agua. La llaga, en su tributo decisivo, apurado el cáliz hasta las heces, se torna manantial. En el último sustrato, a vista de las aguas queda quien soportara la noche confiado en la hoguera.
De esto se trata: del agua al través de la herida, atravesando su centro para sanar y, sin embargo (por ello), resurgir aún más transparente.
Hemos incidido en la hondura confiada de su vuelo. En su lúcida asunción de que el ser concilia y no se agota, libre del gesto y la palabra, del cerco y del límite.
Pero que nadie piense en atajos. Que nadie acuse de espalda vuelta al valle de lágrimas.
Es para sanar la herida que María Victoria mana.
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NOTAS 1 “El viento”, Las contemplaciones.
P.D.: 19 DE SEPTIEMBRE, ¡FELICIDADES, PAPÁ!

Maria Victoria es uno de los casos en los que su ciudad, su Málaga, reconoce en vida toda su trayectoria. Todos sabemos que Málaga no es madre, sino madrastra...
Preciosa foto de juventud paterna. El tinglao de Estudiantes...
Obsérvese :
a) la cruz en el hojal de la solapa, hecha de hoja de palma, típica del domingo de ramos de entonces (aprox hace medio siglo)
b) el tingalo de Estudiantes al fondo en la plaza de la constitución.
c) los pantalones "bombachos" al uso.
Nota: mi acompañante es el primo Rafa de Madrid.