Artículo no publicado para una frustada antología de sus poemas...

Es la propia María Victoria Atencia la que me advierte de la inutilidad de la labor que emprendo:

“No hay una poética que estudie la poesía. La poesía carece de estructuras: es un salto al vacío (...) La poesía es inefable, es decir, inexpresable de cualquier modo que no sea el propio poema (1)”.

Sean, pues, las palabras que siguen rápida región de paso, umbral en que apenas detenerse, pues, en efecto, sólo en sí mismo encuentra el poema razón y medida.Más aún: acúdase primero a su lectura, para contrastar su luz con lo que aquí se balbucee.

Nuestra autora nace en Málaga en 1931. Quince años de silencio siguen a sus primeras publicaciones entre 1955 y 1961, retiro roto con el libro "Marta & María" (1976), que por sí solo, como señalara José Luis García Martín, convierte su voz en referencia ineludible de la poesía española contemporánea. A partir de él, su verbo fluiría caudal en poemarios como "El mundo de M.V.", "De la llama en que arde","Las contemplaciones" (Premio Nacional de la Crítica 1997), "El hueco", y el último hasta ahora, "De pérdidas y adioses" (2005), por señalar sólo algunos. Merecedora, amén del citado, de premios como el Andalucía de la Crítica o el Luis de Góngora de las Letras Andaluzas, fue declarada en 2005 Hija Predilecta de Andalucía.

Esbozada queda su “ficha biográfica”. Nos apartamos de ella de inmediato. Porque, al evocarla, todos estos datos, apuntes y tributos “del siglo”, resultan adherencias molestas a una voz como la de María Victoria Atencia, que en el aire callado y no en la fatuidad del aplauso merece tributo. Ya nos prevenía ella tempranamente:

"Señales de intención me dan manos y gestos y ante ellos palidezco sin remedio posible (2)" .

Al fin, para todo poeta, si lo es, su partida de nacimiento y carnets diversos acaban por convertirse en anécdotas, pues su historia deviene por una región en que tiempo y nombre rebosan la letra y la cifra.

¿Dónde se asienta, por ejemplo, la Málaga de María Victoria? Aleixandre lo supo: ciudad no en la tierra. Jerusalén, Venecia, brumosa Gran Bretaña, son una en ella. Su urbe escapa de mapas altaneros, del cuadrilátero de las direcciones. No en vano...

"¿Dónde hemos de asentarnos si hay cinco orientaciones cardinales y elijo con pasión la del vuelo? (3)"

Vuelo remoto y, a la vez, aledaño.La región verdadera está tan cerca, tan entrañada en la carne y en el espíritu, que sólo quien se arriesga a volar dentro de sí se aproxima a ella. Es cuestión de valor. De paciencia. De olvido en que purificar la memoria. De renuncia.

Cuánta renuncia y, por tanto, cuánta valentía hay en poesía de María Victoria Atencia. Cuánto sacrificio para el paso nuevo, para el sustrato siguiente, para entrar más adentro en la espesura, sobreponiéndose al miedo como la hoja que tiembla y, sin embargo, persevera en su arraigo a la rama.

El viaje es largo. Las alforjas pesan más a cada nuevo recodo de su espiral. Bien sabe, por ello, M.V. que es necesario ir abandonándolas puntualmente, desposeerse, desnudarse, pues sólo quien persevera hacia el aire merece la gracia de ser acogido por él, alivio de la jornada.

Juan de la Cruz, claro. Pero será necesario advertirlo: que nadie caiga en un burdo cotejo de métrica o metáforas. Esta vez no. Esta vez San Juan no es simple agitarse de hojas, mero temblor de arbusto en el que, como dijera Federico, no habita la liebre.

Se trata de una filiación fraterna que, justo será recordarlo, no se detiene en ellos. Que abarca a toda una estirpe silente: la de aquellos que asumieran el reto de entrar por donde no sabían, para quedar no sabiendo.

Que para decir, callaron.

Para situar, superaron el cerco de la identidad.

Para valorarla, comprendieron la palabra como mediación siempre imperfecta, y no por la preeminencia del significado sobre el significante. Sencillamente, asumieron que no existe entrañamiento posible entre el Significado y significante alguno.

Al fin, no fue delirio de poeta, sino la serena razón de Kant quien lo advirtiera: somos en la realidad, no sobre ella. No no es dado, pues, poder pronunciar su nombre. De ahí la renuncia, pero también el gozo de saberse siempre inacabado y, por ello, siempre vivo. Eterno. Animal, niño de nuevo, como susurra junto a Rilke María Victoria:

"Dejadme como cuando nací desnuda y sola, vacía de palabras, sólo aire en el pecho, y en mis venas corrían los cursos de un arroyo. Que vuelvan a su origen los gestos usuales y que al abrir mis ojos sólo penetre en ellos un punto de luz pura. Que por la enredadera de las horas se pierdan mi memoria y mi nombre. Que el tacto de las rosas me abandone en la tarde, y en la humedad del alba retorne nuevamente al olor de las juncias.

Dejad que sin zapatos siga andando y regrese de muy lejos al pecho caliente de mi madre " (4).

...................... NOTAS

1 Estas declaraciones de María Victoria Atencia que transcribo las debo a la amable colaboración de Rafael León, quien me proporcionó una compilación de las mismas. Vaya desde aquí un renovado agradecimiento a su ayuda y cariño. 2 “Cuanto escondió el olvido”, del libro "Marta & María". 3 “Estrofa 24”, de "El mundo de M.V." 4 “Dejadme”, Marta & María.